Eros y Salmacis

Eros es la forma más peligrosa del amor. Cuenta Ovidio que la náyade Salmacis, en lugar de dedicarse a la caza como sus hermanas, dedicaba su tiempo a bañarse indolente y presumida en las aguas cristalinas de un lago de Frigia. Un día vio pasar a un joven hermosísimo y, azuzada por Eros, quedó prendada de él al instante. Pero dejemos hablar al poeta:

Entonces en verdad complació él, y de su desnuda figura por el deseo

Sálmacis se abrasó; flagran también los ojos de la ninfa

no de otro modo que cuando nitidísimo en el puro orbe

en la opuesta imagen de un espejo se refleja Febo;

y apenas la demora soporta, apenas ya sus goces difiere,

ya desea abrazarle, ya a sí misma mal se contiene, amante.

(...)«Hemos vencido y mío es» exclama la náyade, y toda

ropa lejos lanzando, en mitad se mete de las ondas

y al que lucha retiene y disputados besos le arranca

y le sujeta las manos y su involuntario pecho toca,

y ahora por aquí del joven alrededor, ahora se derrama por allá;

finalmente, debatiéndose él en contra y desasirse queriendo,

lo abraza como una serpiente, a la que sostiene la regia ave y

elevada la arrebata: colgando, la cabeza ella y los pies

le enlaza y con la cola le abraza las expandidas alas;


El final del mito es conocido: se produce la metamorfosis en el pobre joven, hijo de Hermes y Afrodita, que une sus atributos con los de Salmacis cuando esta consigue abrazarle estrechamente. Así se consuma el sacrificio en el altar de Eros de una ninfa veleidosa incapaz de controlar su pasión.


Con nosotros Eros también hizo su trabajo, sin él no hubiera sido posible todo lo maravilloso que siguió. A ti te alcanzaron de lleno sus flechas de punta dorada. Nunca te lo dije, pero creo que lo sabías: lo mío fue mucho más sereno, en el pasado sí me hirieron esas flechas, y aunque a veces se me clavaban traicioneras siempre lograba arrancármelas. Incluso hubo varias náyades atravesadas de parte a parte por esos dardos envenenados, pero por entonces yo era inmune, si no al sufrimiento sí a las embestidas de Eros, y ninguna tuvo los poderes de Salmacis; jamás pudieron ofrecerme al dios en sacrificio. Contigo, sin embargo, vi la luz: algunas de esas flechas que te acertaron me alcanzaron, amortiguado su ímpetu por tu dulzura infinita, y fue suficiente. Tú nunca estuviste en peligro: Eros, siempre cruel, estaba en mis manos, y yo nunca le dejaría hacerte sufrir. Pronto a Eros se sumaron otras formas de amor mucho más profundas, las verdaderas. Yo diría que tuve la suerte de pasar directamente a un estado superior impulsado por un pequeño empujón inofensivo del dios alado y caprichoso, y en muy poco tiempo alcanzamos unidos la cumbre de los sentimientos, y llegamos a la comunión absoluta.


Hoy, que tú has mutado en Eurídice y yo en Orfeo, nuestro amor se ha instalado por fin en un estado inmanente, armónico, inmortal. Mi dolor, apabullante, no es más que un digno colofón de su grandeza.

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